Todo comienza en Le Brassus, un pequeño pueblo en el Valle de Joux que no llega a 4.000 habitantes, se encuentra a 10 kilómetros de Francia, a 55 de Ginebra y es centro del arte relojero suizo desde hace tres siglos, tiempo en el que los granjeros cuidaban sus animales y hacían queso gruyère en verano, pero se quedaban en casa al llegar el invierno, muchas veces atrapados por la nieve. Salir de casa era casi imposible, por lo que se encerraban meses a hacer relojes. Con poca luz y tiempo de sobra, la producción era poca, pero de la más fina calidad.
En pleno 2008 Blancpain parece cómoda con la vieja forma de hacer relojes. Mientras otras empresas perfeccionan sus cadenas de producción, en la empresa creada por Jehan Jacques Blancpain en 1735 no más de 50 empleados trabajan en "La Ferme" (La Granja), una pequeña casa adquirida en 1982, remodelada por completo e inaugurada en octubre de 2005.
No hay computadores en La Granja, ni teléfonos que suenan, ni recepcionista que espera por visitantes. Solo hay relojeros que les dejan los avatares de la vida de oficina a los empleados de la sede administrativa de Blancpain, en Paudex, cerca de Lausana. En Le Brassus, cualquier asunto de trabajo se trata verbalmente o se deja por escrito en pequeñas notas pegadas en ventanas o estantes. Hablar no está prohibido, pero siempre es mejor evitarlo, especialmente en horas de trabajo, que comienza a las 6:00 de la mañana y termina a las 3:00 de la tarde. No se trata de antipatía de los relojeros ni de presiones de la empresa; es que con silencio y sin distracciones todo funciona mejor.
El mayor enemigo de un reloj es el polvo y la humedad, por eso las paredes de La Granja están cubiertas de roble, madera que combate los dos factores. Se trata del mismo roble con que están hechas las cajas que contienen un reloj Blancpain, y del que están hechas las paredes de las boutiques de la marca en todo el mundo. Cannes, Ginebra, Múnich y Nueva York cuentan con una. En París, en cambio, hay dos.
Blancpain casi quiebra a causa de los relojes de cuarzo japoneses, hasta que Jean Claude Biver y Jaques Piguet, dos nombres claves en la relojería suiza, la compraron en 1982. Además de salvar a la marca de la desaparición y de comprar la casa donde hoy funcionan los talleres, se fijaron fabricar un reloj especial, que reuniera lo mejor de la historia de la relojería y que dejara en claro que la vieja tradición de hacer máquinas de tiempo estaba viva pese a los nuevos tiempos. Mientras sus competidores hacían relojes más básicos para abaratar costos, Blancpain iba contra la corriente. Así nació el 1735, considerado para la fecha en que fue lanzado —1991— el más elaborado del mundo por reunir seis complicaciones relojeras.
En el complejo universo interior de apenas 35,9 milímetros de diámetro de un 1735 existen 740 piezas, muchas de ellas virtualmente invisibles al ojo por ser más delgadas que un cabello humano; varias son de oro de 18 quilates y hay además 47 rubíes que no entran en la contabilidad de las 740 partes. Las funciones del 1735 son: las fases de la luna, calendario perpetuo, repetidor de minutos, cronógrafo rattrapante y tourbillon, todo esto en una máquina de carga automática con reserva de marcha de 80 horas.